lunes, 14 de mayo de 2007

EL SUEÑO

Son las dos de la tarde y continúo con sueño, pero debo levantarme a preparar, ordenar y limpiar mi casa para que esté lista para la noche, ya que unos compañeros vendrán a hacer un trabajo de la escuela. No sé en qué estábamos pensando, cuando quisimos hacer un teleserie, porque para mí ha sido agotador, ser directora, productora, guionista y actriz.
He terminado de ordenar justo a tiempo, Diego me pasará a buscar a las seis, para ir a confirmación. Cuando no subíamos al colectivo, Diego dice –“Dios quiera que la grabación no resulte como la semana pasada”-, debo admitir que su comentario me provocó un dolor de cabeza instantáneo. No fue agradable la semana pasada. Recuerdo que me levanté muy temprano a hacer las compras, ya que mi mamá no se sentía bien y debía tener todo en orden para las tres de la tarde, hora en que se supone llegarían mis compañeros a grabar.
Eran las cuatro y media y en el living de mi casa estaba mi perra y yo, hasta que llegaron cinco personas de un total de quince. Luego de una larga discusión, Andrés me dijo –“si estás enojada, guarda tu enojo para ellos cuando lleguen, si llegan”-, obviamente tenía razón. Nos dieron las nueve de la noche esperando, hasta que aparecieron los actores que se ausentaban. No les dije nada, principalmente por mi madre que se tomó la molestia de prepararles algo de comer. Fue en ese preciso momento que me percaté de la ausencia de dos personas muy importantes, o por lo menos dentro de la teleserie, Nicolás y Cristián. Le pregunté a Valentina dónde estaban, ella solo respondió –“¿no han llegado?”-, ante su respuesta, pensé en lo que dijo Andrés y omití todo tipo de comentario. Esperé, esperé y seguí esperando. Era la una y media de la mañana cuando sonó el timbre, salí abrir y al ver que eran ellos, debo haber puesto un rostro no muy grato y haber dicho algo que hirió sus sentimientos, aunque solo dije –“¿van a entrar, o se quedarán afuera?”-, no hicieron ni lo uno, ni lo otro, prefirieron irse, dejarnos con todo preparado, caminar once kilómetros, a las dos de la mañana, muriéndose de frió, soportando los extraños ruidos de la larga y oscura noche, viendo luces, sombras y figuras extrañas, con su orgullo y dignidad en ese momento, por el suelo.
Falta muy poco para que termine la reunión de confirmación, debo suponer que al salir estarán esperando para ir a grabar. Valentina quiso que la acompañara a comprar una gaseosa, mientras caminábamos por la Plaza de Talagante, conversando sobre su rol en la teleserie, cuando un ruido asqueroso detuvo la conversación, Valentina se reía como nunca y yo sin querer mirar, me di cuenta de que había aplastado unos cuantos caracoles, no menos de cuatro, al parecer por la cantidad de materia gelatinosa que vi después. –“Que mala suerte tienes”-, me dijo ella, -“¿por qué crees eso, son solo unos simples caracoles?”-, respondí y Valentina rió con más ganas, -“¿qué no sabes?. En el tiempo de la colonia, aquí en Talagante, hacían unos tipos de ceremonias, encabezadas por brujos y gente de mala fama, que luego de un largo exilio, fueron convocados para ser quemados vivos, justo aquí, en la Plaza de Talagante, sus cuerpos fueron enterrados y cubiertos con caracoles para que sus almas no salieran a molestar a la gente, luego para desaparecer toda evidencia de la existencia de esta gente, plantaron palmeras sobre sus osamentas en las cuatro divisiones de la Plaza. Desde entonces se dice que, quien pise caracoles en este lugar, será perseguido por la mala suerte, desgracia y fracaso, por un tiempo”-. No dije nada más.
Llegamos al lugar donde nos juntaríamos y de quince personas, habían solo siete. No puedo negar que la historia de Valentina me dejo un poco preocupada, en cuanto a su entusiasmo,
dedicación e interés por hacerme sentir temor.
Deben haber pasado tres horas desde que estamos esperando que llegue Cristián y
Nicolás, hasta que nos cansamos y comenzamos nuestro viaje sin ellos. Todos tenían un animo horrible, todos menos Felipe, quien había dicho estupideces todo el tiempo mientras esperábamos el microbús que se tardaba en pasar. Estábamos quedado solos en el paradero, hasta que un grupo de unas once personas, con atuendos propios de su movimiento se aposentó a unos metros de nosotros, vi las caras de todos asustados, yo también. Me encomendé al Gran Jefe y le pedí que llegara viva a mi casa, al mismo tiempo, rogaba para que ellos no supieran lo que yo estaba pensando en mi mente, porque podría ser peor. Eran once neonazis que nos miraban con advertencia, nadie hablaba nada, por lo que decidí, -“vamos al siguiente paradero, esta a cuatro cuadras”-, Felipe dice –“vamos, pero no caminemos en línea recta, es mas fácil de atrapar a alguien así”-, tomamos nuestras cosas y partimos, todos deseando llegar luego, aunque al llegar lo único que se deseaba era irse pronto. El grupo de neonazis, nos había seguido hasta el otro paradero y ahora estaban a menor distancia de nosotros, afortunadamente Felipe dijo algo bueno ese día –“hey!!!, ese es el microbús.”-.Al ver que el grupo de neonazis se subió, aunque estaba vació no nos subimos y esperamos otro microbús que venia muy lleno, que se veía que tenia muchos años de trabajo. Todo marchaba bien hasta que me llamó Camila y dijo –“tenemos un problema, no hay cámara”-, le dije,-“llama a Javier para que se consiga una urgente, porque hoy grabamos, si o si”-, corté. El microbús se estaba desocupando y divisé a Diego, Felipe y Víctor, sentados con dos mujeres mayores conversado de una manera muy intima, los iba a llamar, pero me pegue en la cabeza, debido a una frenada muy brusca del microbús, salió un olor a aceite quemado. Quedamos “en pana” a ocho cuadras de mi casa. Caminamos unos cuarenta y cinco minutos, callados, cansados y preocupados.
Al llegar a mi casa encontramos a Cristián y Nicolás, pero ahora faltaba Diego, Felipe y Víctor, no quise imaginar que se habían ido con esas mujeres, por lo que ingenuamente supuse que habían ido a comprar. Volvieron a las doce cuarenta y cinco de la mañana, a pesar de que estábamos todos molestos, no había tiempo para discutir. Mientras todos se cambiaban, maquillaban y ensayaban sus guiones, yo preparaba la comida para la escena de la “comida familiar”. Me tomé cinco aspirinas para aliviar la jaqueca que me dio, después de que se me pegó el spaghetti, cayo la bandeja con los postres, se me extravió el guión y me bajo la presión.
Son las siete de la mañana y aun nos queda por grabar la ultima escena, ha sido una noche agotadora.
Después de almuerzo hemos tenido que grabar otra vez las primeras escenas, producto del descuido de mi hermano que grabó las ultimas tomas, sobre las primeras y yo solo espero que el día acabe pronto, aunque falta editar y agraciadamente no hay clases mañana.
Ya hemos terminado de grabar, estamos todos con las caras demacradas por la falta de descanso y aunque estamos ya editando las primeras escenas, nos sentimos aliviados y preocupados a la vez. Aunque el sonido está muy alto, logro distinguir a mi pequeña sobrina de tres años, que se acerca y abraza a mi hermano, que estaba sentado junto a los equipos de grabación, cuando se afirma en un costado del video-grabador, presionando con su pequeña manito el botón “Rec”.
Con una angustia grande, y un dolor de cabeza que no se me quita, pienso en lo que me dijo Valentina de esos caracoles, pero creo que pudo haber sido un pésimo fin de semana, promovido por la irresponsabilidad de mis compañeros, como también pienso, en que fue causa de los pobres caracoles que pisé, de eso no estoy segura, pero de lo que si tengo la certeza, es que no volveré a poner un pié en la Plaza de Talagante.

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